Thursday, May 20, 2010

La tormenta

Como pequeñas vidas conscientes de existir, soplos del viento se juntan a tiritares, las ramas no escapan al asunto. Se suman árboles, troncos y raíces de flores rotas. Pétalos como besos al aire, llenan el festival de hojas suicidas con algo de color. Todos al unísono, murmuran los indicios de un hecho macabro. Sincronizados, orquestan sus sonidos como una maquina perfecta. Las ramas redoblan sus esqueletos; golpeándose unas a otras sueltan a las suicidas con un silbo. Y caen, simulando la lluvia antes de la lluvia, las hojas percuten el suelo antes que las gotas. Un estruendo irrumpe en la orquesta como un piano cayendo desde una torre. Los espantos bajan a galope rápido. Los coroneles, los gendarmes, todos sueltan sus carcajadas en la plaza. Y sigue lloviendo. Llueve sobre la sangre de los desaparecidos la sangre de los buscados. Gente sin nombre mira la tormenta desde su refugio. Los espantos patrullan la plaza, las ramas y sus esqueletos no se mueven del miedo, las hojas se aferran al viento. Otro piano cae como un trueno, el relincho tropieza en el diluvio y las carcajadas llueven tenebrosas, graves, intimidantes. El ejercito de espantos canta y marcha mientras la lluvia se calma hasta ser una fina cortina de agua; pero los corazones atemorizados la doblan en ritmo. El espectador a todo esto llora, muerde con fuerza para no rechinar los dientes. Observa y maldice. Injuria. Blasfema y odia: a la lluvia, y todos sus recuerdos.

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