Thursday, June 29, 2006

Pecado a medianoche

El bebé lloró, el gato maulló, pero el canario... El canario no dijo nada. Ni una sola nota emitió su pico sepultado en el silencio de esas horas de luz azul de una luna inmensa asomándose por la ventana. Si en alguien se podía confiar era el canario que siempre andaba callado, ahí sentado en su jaula. Apartado, esperando el alba. Podría sonar medio demente, loco y demás, pero si hay algo que me sobra es la paranoia, y hace rato que yacía bajo su sombra. No lo soportaba más, a alguien tenía que contarle mi pecado. Se lo conté al canario. Pero les pido que no me juzguen pues no soy religioso, además con esta facha no me animaría a ir a la iglesia, por respeto por supuesto, ya les dije, no soy religioso y casi nunca me confieso. Fue una noche larga y no es raro que la demencia me azote después de horas de nerviosismo y vela. La casa estaba en silencio; mi secreto, mi pecado. Era prudente pasar la noche encerrado; los vecinos eran chismosos por el barrio. Solo tenía que permanecer adentro. Era mi coartada. En el barrio casi todos sabían mi rutina; era fácil memorizarla. Me levantaba temprano todos los días y salía a correr. Sobre todo en los días de sol. Me encantaba el sol. Por la tarde permanecía en casa y tomaba una siesta antes del laburo. La gente confía en los guardias de seguridad, sobre todo en los que trabajamos de noche. Siempre pensé que nos tenían una especie de pena. A quién vamos a engañar, la mayoría de nosotros no estamos armados y la gran mayoría son holgazanes que se la pasan durmiendo o hablando con los inquilinos. En cambio yo, siempre permanecía callado. Por eso siempre les parecí más serio, más confiable. Sino me equivoco, hasta lucía armado para ellos. Para todos. Sin embargo, mi error, mi pecado. ¡Y durante las horas laborales! ¡Esa maldita me tentó! pensaba decirles. Ya hace días aparecía en la ventana desde donde la podía ver. Tarde o temprano me haría caer en la tentación, hace mucho que la deseaba. Estaba seguro que era para mi, como todas. Finalmente me cansé y allá por ella. Pero algo salió mal, muy mal. No pude contenerme y acabé con ella. Nunca más vas iba salir a la ventana. ¡Nunca más! Todos estos pensamientos estaban una y otra vez en mi cabeza. Los grillos terminaban por fastidiarme la poca paciencia que me quedaba. Al otro día todo iba a estar bien, tenía que aguantar unas horas nomás. Mi coartada era esa, que yo había estado trabajando como de costumbre en la guardia. Era perfecta, lo sabía, mi reputación era sublime. La gente me creería, seguro terminarían incriminando a alguien más.
La noche hasta entonces serena, sonó ventosa y poco a poco la luna fue vistiéndose de nubes. Mi ojos fijos la vieron irse, desapareciendo lentamente en la tormenta. Me quedé dormido debajo de la cama impaciente llorando y esperando lo peor.
Me desperté por la luz del sol y pensé seguir mi rutina de todos los días. Si alguien me comentaba algo, yo no sabía nada, ya había tenido mucho con el laburo como para enterarme. Pero los días pasaron y nada se presentó como esperaba: no vinieron a buscarme. Estaba libre. Sin embargo noté esa mirada tácita de desprecio en todas las caras de todos. Rumoreaban y me miraban. Rumores por todos lados. Y pensé: ¡sabían! ¡ellos sabían! Pero no estaban seguros, no. Por eso no había pasado nada.
Esa noche comí solo, totalmente solo. La comida me sabio peor que nunca, amarga, rancia. Estaba totalmente furioso. Alguien había pasado la voz. Ya era de madrugada y solo podía seguir pensado eso, que ellos sabían, que tarde o temprano iba a caer. Pero quién podrían haber sido. ¿Quién había divulgado mi pecado? La demencia azotó más fuerte que nunca esa noche. ¡El canario! el canario habló, salió de su jaula y le contó a todos. ¡A todos¡ Te voy a acogotar canario- pensé- fuiste vos mudo. ¿Ahora viniste a hablar? ¡justo ahora! Pero no, no pude.
El bebé había llorado, el gato había maullado, y el canario no dijo palabra, cuando me abalancé sobre la tarta de alcauciles en la ventana y en vez de probarla la acabé por completo. El canario nunca hablaba, se habían dado cuenta solos. La comida rancia fue el primer castigo. ¿Cuál será el segundo? Espero que no sea volver a ver una parecida. La tentación es un suplicio. Le mostré los colmillos al canario, solo para estar seguro. No dijo nada, solo le cantaba al sol.

1 comment:

Anonymous said...

el pirru mas slindo del mundo